Las broncas preparadas en Villa Rosa

El tablao flamenco más importante de Barcelona entre 1917 y los años cuarenta del siglo XX fue el famosísimo Villa Rosa, gestionado por la familia Borrull.

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Carmencita Amaya en el Villa Rosa

Aparte de la alta calidad artística de sus espectáculos flamencos, uno de los detalles curiosos que hicieron todavía más famoso al Villa Rosa fueron sus antológicas “broncas preparadas“. Aunque esporádicas y, quizás también un poco, exageradas descripciones que han quedado para la posteridad en las crónicas de época, supusieron un plus de exotismo y fama para el tablao.  El escritor (y sindicalista, y cenetista, y tipógrafo, …) Adolfo Bueso, en sus memorias, es quien mejor describió estas performances para turistas adinerados:

Una especialidad, de la que no se abusaba, era la «bronca prepa­rada». Para que tuviera lugar, era preciso asegurar el pago de los des­perfectos en el mobiliario y en el servicio de la mesa. Estas medidas de precaución hubo necesidad de tomarlas porque se comprobó que las broncas, a pesar de estar bien preparadas, solían, a veces, tomar va­riantes imprevistas por la excesiva euforia de algunos clientes que, a causa de la bebida, les daba por causar destrozos. Así pues, cuando un «corredor» de la casa solicitaba una bronca, empezaba por depositar una cantidad de pesetas suficiente para pagar posibles desperfectos. Según confesión de uno de estos «comisionistas», las broncas se orga­nizaban de acuerdo con uno o varios de los amigos de los forasteros que tenían que ser sorprendidos por encontrarse un poco protagonis­tas de una «riña peligrosa». Cuando todos estaban de acuerdo, los he­chos solían producirse de esta manera:

Desde luego, tenía que ser después de las dos de la madrugada, es decir, a la hora de la clientela de precio. Una de las camareras disfra­zadas de gitanas solía «dejarse» convencer por un cliente más o menos «encandilado» y se sentaba a su mesa; el cliente, claro, solía alargar las manos hacia los encantos más o menos turgentes de la gitana. Ésta protestaba por la forma, advirtiendo, aunque fuera por señas, que su hombre era celoso y podía enfadarse. El cliente no hacía el menor caso y seguía insinuándose cada vez más. Entonces, destacándose del grupo de artistas, avanzaba un gitano, y con modales violentos orde­naba a su «novia» que se retirara de aquella mesa. La gitana protesta­ba y respondía que la dejase tranquila, ya que no hacía ningún mal ha­ciendo compañía a aquellos señores. Nueva orden y nueva negativa, ahora ya con gritos. Los extranjeros empezaban a comprender y era corriente que el hombre que tenía a su lado a la gitana, se sintiera ga­lante e hiciera señas al intruso de volver a su sitio. Inmediatamente, la bronca. El moreno cogía al payo por las solapas de la chaqueta y lo za­randeaba (esto para no hacerle daño); naturalmente, el agredido reac­cionaba violentamente y la jarana era general. Sillas derribadas, mesas desplazadas, botellas y vasos por el suelo; gritos de las mujeres; jura­mentos de los hombres; alguna que otra bofetada auténtica… Si los clientes eran agresivos, uno de los artistas solía sacar una gran navaja de muelles, haciéndola sonar como una sierra. Como impulsadas por un resorte, dos o tres mujeres se le echaban encima, «impidiéndole» pinchar a nadie, dando gritos, como:

– ¡Por Dios, Manué, no nos pierdas a todos! ¡Piensa en tus hijos! ¡No te pierdas por culpa de una mala mujer!

Cuando la cosa ya había durado lo suficiente, salía a escena el Bo­rrull y, poniéndose entre los contendientes, ordenaba, lleno de autori­dad:

– ¡Basta ya! ¡Ya está bien! Aquí no quiero bravos, pues para bra­vo yo. Tú, Manuel, a guardar ese arma y a marcharte a casa. Y vosotras, mujeres, a achantar la mui, que me duele la cabeza…

Y dirigiéndose a los acompañantes de los extranjeros, solía decirles:

– Bueno; ustedes dispensarán y harán comprender a estos señores y señoras que les pedimos mil perdones por lo ocurrido, pero es que no hay que jugar con los sentimientos de los calés. Cada cual con sus costumbres, y nosotros no podemos aguantar que nos busquen las ga­chís. De modo que lo mejor será liquidar el gasto y retirarse cada cual por su lado y aquí no ha pasado nada.

Generalmente, con esta alocución, acababan las hostilidades, y los clientes se retiraban acompañados hasta la misma puerta por el dueño del local, que seguía excusándose solícitamente. Incluso, a veces, Bo­rrull ofrecía una «ronda de la amistad», bebiendo todos unas copas de jerez, no siendo raro que los franceses, ingleses o americanos, se sintie­ran fraternales y besaran en las mejillas a todos los gitanos y gitanas, acabando todo de la mejor manera[1].

[1] Bueso, Adolfo, Recuerdos de un cenetista, II. De la Segunda República al final de la guerra civil, Ariel, Barcelona, 1978, pp. 77-79.

En el interesante documental de Karavan Films, “Madame Barcelona. Un recorregut per l’Arc del Teatre“, entre el minuto 21:15 y el 25:48 se comenta un poco la rica historia de Villa Rosa y la anécdota de las broncas preparadas.

 

 

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